A través de sus reglas, una sociedad decide de quién es el trabajo que tiene valor, de quién es la salud que merece atención, de quién es la experiencia que se convierte en conocimiento y quién tiene derecho a tomar decisiones. El Synarchat da a mujeres y hombres la posibilidad de decidir juntos cómo se organiza el mundo común y de asumir la responsabilidad de lo que llegue a ser.
Entre la posibilidad de opinar y la de dar forma a la organización de la vida hay una distancia que se mide en poder. Esa distancia se acorta cuando la experiencia de las mujeres participa en el planteamiento de la pregunta, la elección de la solución, la asignación de los recursos y la evaluación de las consecuencias.
Para una mujer, es el derecho a decidir qué debe tenerse en cuenta en una ley, un protocolo médico, un horario laboral, una tecnología o un modelo económico.
El cuerpo de la mujer, su edad, sus ambiciones profesionales, el cuidado de sus personas cercanas y sus transiciones vitales ocupan un lugar entre las condiciones de partida de una decisión. Con ello llega la capacidad de comprobar el resultado y de lograr que se corrijan los errores.
El Synarchat vincula esta participación con la responsabilidad. Quien toma una decisión debe ver en la vida de quién influirá, qué oportunidades creará, qué carga distribuirá y quién corregirá las consecuencias. La responsabilidad compartida se concreta en las atribuciones de las personas y las instituciones.
La madurez de este modelo se ve en la capacidad de mantener a la vista un futuro común sin dejar de atender a las diferencias. Las mujeres tienen trayectorias vitales, intereses y circunstancias distintos. Los hombres también aportan experiencias diferentes. La cogobernanza (shared governance) necesita un espacio en el que estas diferencias puedan estar representadas e influir en la decisión.